Lectura para las ratas del fondo de reptiles. Zoología parda de las subvenciones a la edición de libros (I)

Post del 20/11/2012 por Jesús Ortiz
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Gracias a la amabilidad de la Junta Directiva del Club Cocherito he logrado, al cabo de veinticinco años, una de las cosas que más ambicionaba en este mundo: ser conferenciante.

Era, después de todo, lo único que me faltaba para ser feliz.

Porque concejal, que es otro de los atributos de la felicidad, lo había ya logrado como consecuencia de un golpe de Estado, con lo que es innegable que mi nombre, aun sin el esfuerzo de la conferencia, estaba automáticamente incorporado a la historia de mi país de un modo definitivo.

Pero el hombre no se resigna fácilmente; cada ambición satisfecha, incuba una nueva. Pues bien, lector; me sorprendes en el terrible momento de la incubación.

Quizás tú te hubieses dado por satisfecho con haber sido revistero de toros, concejal y conferenciante. Comprendo que con esos tres títulos se puede uno hacer unas tarjetas de visita preciosas. Yo no me conformo. Mi ambición actual es la de ser millonario.

Hay varios medios de lograrlo. Prescindo, por ahora, del de fundar un banco, aunque bien ve el lector que sería muy capaz de escribir el folleto final en que explicase a los accionistas y a los depositantes de valores en custodia que si mi establecimiento había cerrado las puertas era porque hacía un viento atroz y no era cosa de que se me constipasen los contables. Aparte de que tengo muy poco acusada la virtud pignoratriz, y de que mi torpeza financiera es de tal calibre que ha llegado la hora de descubrir que si falleció el Presidente del Reichbank fue del ataque de risa que le dio al ver una modesta operación de marcos que tuve el honor de hacer al terminar la guerra europea, como medio de ayudar a Europa en la obra de reconstrucción que se iniciaba entonces.

Opto por el negocio editorial. Mucho se habla por ahí de la crisis del libro y reconozco que, en el resto de España debe ser como para echarse a temblar el decidirse a dar a la imprenta los frutos del ingenio. Pero aquí no hay cuidado. El escritor puede lanzarse a la empresa sin el menor temor y con ciega confianza en el porvenir, porque, afortunadamente, contamos con una administración ágil y generosa y con unos formidables sótanos provinciales que encierran verdaderos tesoros literarios totalmente desconocidos del gran público. Y aunque a primera vista parece un desconsuelo que sean las ratas los primeros y, tal vez, los únicos lectores de los mejores sonetos y de los más hondos estudios históricos, sobre todo de las monografías, confesemos que, desde el punto de vista editorial, el éxito es formidable.

Siguiendo, pues, los prudentes consejos de sabios predecesores míos, antes de hilvanar este libro, hecho de retazos, he escrito dos solicitudes. Una para la Excelentísima Diputación de Vizcaya y otra para el Excelentísimo Ayuntamiento de Bilbao. Me han salido muy bien. Mucho mejor que el libro. Felicito a los niños aventajados de las escuelas, porque van a tener premios a la aplicación para rato. El negocio, como ves, es redondo.

Puede el público comprar aquí los libros por el sistema llamado directo, que es el más incómodo, o por el indirecto.

El sistema directo requiere el esfuerzo de entrar en la librería, pedir el libro, pagarlo, cortar las hojas y, lo que es más grave de todo, leerlo. Por eso se practica con sobriedad digna de loa. Además el autor pasa por la tremenda zozobra de no saber si ha triunfado hasta que transcurren los seis u ocho meses que es forzoso conceder a los libreros para liquidar.

En cambio el sistema indirecto es el más cómodo y si se quiere el más racional. Tener la seguridad de que la provincia entera le lee a uno, por medio de sus representantes, es verdaderamente halagador. Y no en un ejemplar solo, como haces tú, lector amado, con imperdonable tacañería, sino la edición entera.

(Todo el texto anterior forma parte del libro Los ingleses y los toros. El secreto de Uzcudun, de Desperdicios y Asterisco —seudónimos de Aureliano López Becerra—, publicado en… 1926).

  

Aureliano López Becerra. Imagen tomada de Euskomedia, donde hay una escueta biografía.

 

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