Primeras experiencias con un lector de ebooks (II)

Post del 08/02/2011 por Jesús Ortiz
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Inmediatamente después de escribir el primer post, avancé por el camino emprendido y compré un libro electrónico en todoebook. Necesité Adobe Digital Editions, con el que ya había experimentado algo en el ordenador, o sea que lo compré desde este y no desde el lector, que también tiene wifi. Compra estándar, experiencia con el drm satisfactoria... ya he comprado un ebook legalmente: un cuento para niños, porque quiero ver cómo se maneja mi hija con ello, por cinco euros. Ni caro ni barato, como el cuento, que no era especialmente bueno ni malo. ¿Mi impresión? Bueno, pues que se parece a comprar libros de papel por internet (plazo de entrega aparte, claro), pero no a comprarlos en la librería.
        Y es que en la librería puedes hojearlos enteros, leer la parte que te interese y comprarlo solo cuando estás seguro de que te gusta, de que es lo que quieres. Aquí más bien la diferencia es entre librería física e internet, entre comprar con buen conocimiento o medio a ciegas, y no entre libro en papel o electrónico… con la particularidad de que todavía los electrónicos no pueden verse en las librerías, pero no es descartable que eso acabe ocurriendo. Es más, probablemente estén pensando ya en hacerlo como parte de su adaptación particular al cambio de paradigma. En nuestra vida de lectores las librerías han sido más importantes que los estancos en las de los fumadores, que eran solamente «expendedurías de tabaco». Las librerías hacen mucho más: descubrirnos libros que no aparecen reseñados en los periódicos y que al librero le ha recomendado otro lector, por ejemplo. Muchas horas en librerías, a estas alturas de la vida: no quisiera renunciar a ellas.
       Y quizá convenga recordar que una de las razones que esgrimen los defensores de descargas es que así puedes ver antes de comprar. Con la ética adecuada, entonces, ¡las descargas serían los escaparates de los libros electrónicos, y no sus «ladrones»!


Por la madriguera del conejo

 

       Bien, esto es el relato de una  experiencia, no un estudio organizado de una materia que, por otra parte, cambia con rapidez. Por tanto, no hay lugar para sacar conclusiones, pero sí podemos hacer unas pocas reflexiones. Como que los piratas no están solo en el lado de los usuarios. Nada nuevo, siempre hubo editores que llevaban este apellido. Pero ¿qué imagen podemos dar ante el público general si únicamente pedimos la persecución de quien baje contenidos sin pagar?
       La otra cara de la moneda la forman editores generosos, que trabajan con dedicación y conocimiento para lograr un producto que luego ofrecen gratuitamente. Es perfectamente comprensible, todos necesitamos dinero para mantener las empresas en marcha, pero además de eso ¿qué editor no desea hacer partícipe a los demás de las cosas valiosas que encuentra? Este deseo es un elemento sustancial de la vocación de editor y es perfectamente visible en estas actividades. Que además sirvan para atraer la atención al resto de su trabajo, que tiene un precio (en otras palabras, que sirva de reclamo), no descarta el componente altruista de estas iniciativas.
       Los fabricantes de lectores lo están haciendo bastante bien: los aparatos son eficaces e irán siendo más baratos, como siempre. Además convencen al público para que los compren. Los fabricantes sí, nosotros los editores, quitando a los mencionados en el párrafo anterior, no tanto: no producimos contenido respetable, ni en cantidad, ni en calidad, ni en precio. Los piratas suplen nuestra ausencia: la cantidad, asombrosa; la calidad, discutible en general pero muy variada; el precio, inmejorable.
       ¿Qué puede pasar a partir de ahora? Nuestra visión de lo que va a pasar en el futuro está enunciada en la metáfora que elegimos para describir la situación presente. Si equiparamos, como hacen muchos, el papel al vinilo y el electrónico al mp3, está claro que pronosticamos la desaparición del primero. Y, del mismo modo, si comparamos el papel con el coche de caballos y el electrónico con el automóvil, como ha hecho algún prócer en el calor del debate, hacemos el mismo pronóstico.
     Pero esto es situarse en el terreno de la exclusión: si somos católicos no podemos ser musulmanes, si somos del Madrid no podemos ser del Atlético. Quienes no somos religiosos ni hinchas podemos ver un mundo menos beligerante: nos puede gustar el mar y la montaña, el silencio y la juerga... y más que probablemente no dejaremos de leer libros tradicionales por leer los electrónicos. Para adoptar estos últimos con más entusiasmo no necesitaremos que lleven vídeos o sonidos incorporados, pero sí que tengan la misma calidad de factura y facilidad de lectura que los libros de siempre, junto con el abaratamiento que el ahorro de costes (de fabricación, almacenaje y comercialización, pero ¡ojo! no de producción) permite.
       Pero hoy no se dan ambas condiciones en la mayoría de los casos y con demasiada frecuencia ninguna de las dos. Quizá esto explique la gran oposición entre quienes dan por hecha la transición hacia la lectura en pantalla, que imaginan lo que puede ser normal dentro de nada, y quienes desprecian esta lectura porque se fijan en todo lo que deja que desear el presente, tal como están las cosas. Bueno, los cambios siempre son así. Suponen oportunidades para los más jóvenes y dispuestos a experimentar y aprender, y miedo para los más asentados que quieren sacar partido a lo ya aprendido con años de esfuerzo y lo ven como una amenaza personal, aunque implique mejoras colectivas. Es inevitable. Que estos deseos y miedos están en el centro de la discusión es seguro: si fuera de otro modo ¿cómo explicar la virulencia de tantos discursos, con frecuencia vejatorios con quien discrepa, por lo que parece una discusión que podría mantenerse en términos técnicos?
 

 

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