'Bolobo', o el disfrute infantil contra el "deberías ser" de los adultos

Post del 03/12/2016 por Carmen Palomo
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Para evitar la acusación de spoiler y la lectura condicionada, recomendamos encarecidamente que se lea previamente este álbum y después este artículo.
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Un reseñista apresurado no dejará de anotar la consabida «educación-en-valores» de Bolobo, junto con la gran belleza plástica de sus ilustraciones, que son obra de Nono Granero y sobre las que volveremos más adelante.

El resumen argumental es sencillo: nace un monito sin brazos, lo que llena de preocupación a sus padres y allegados, que lo consideran un ser débil. Intentan subsanar su deficiencia por métodos que resultan ineficaces. Sin embargo, Bolobo les sorprende a todos demostrando su valor y sus capacidades el día en que varios monos del grupo son apresados por unos malísimos cazadores furtivos. Bolobo consigue liberar, él solo, a todos sus compañeros, y esta hazaña demuestra al mundo que no es tan inútil como se pensaba. Conclusiones: los débiles también pueden ser fuertes, todos tenemos madera de héroes, no hay que fiarse de las apariencias ni burlarse de los discapacitados, etc. Hasta ahí, la lectura plana, la de la evidencia y la moraleja. ¿Pero por qué la lectura de Bolobo resulta un poco incómoda? ¿Dónde radica su reto y su originalidad?

En primer lugar, este relato heroico está expuesto, contra toda convención, desde el humor. Nótese que se nos está contando algo muy serio, algo con muchas seriedades: la desgracia de la malformación genética, la angustia de los padres y familiares, el fracaso de los intentos de solución del problema, el drama de la caza de los furtivos… Que todo acabe bien no justifica la sutil pero innegable comicidad que empapa todo el álbum. Quizá sabemos (confiamos) que todo acabará bien, y por ello podemos distanciarnos de lo que «expresan» argumentalmente los personajes para adoptar una postura irónica y crítica, sin caer en el cinismo ni el escarnio. Será, eso sí, como ya advertimos, una postura algo incómoda.

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El equilibrio entre drama y humor, la tragicomedia, constituye un registro difícil puesto que el lector ha de mantenerse suspendido entre dos atmósferas poco compatibles, sostenidas por dos perspectivas en conflicto: un fallo en ese equilibrio y toda la narración se despeñará por el abismo de lo inapropiado o de la insulsa frivolidad. Pero Bolobo sortea tales escollos gracias a la empatía, a la identificación del lector con el héroe, a una complicidad subyacente a las varias líneas narrativas que pueblan el relato. Observen la portada: nuestro héroe está feliz, ajeno a miedos o dificultades, acompañado por su inseparable amigo el tucán, la selva no parece un lugar inhóspito… ¡Pero si hasta hemos tardado en darnos cuenta de que no tiene brazos! Y cuando nos damos cuenta, nos reímos de nuestra cortedad de miras… ¿Acaso no es tal esa cortedad, sino que en esa portada hemos podido ver a Bolobo como es, sin proyectar ningún prejuicio sobre él? No nos reímos de Bolobo, sino de nosotros.

El juego de prejuicios y proyecciones, incluidos las del lector, es otro de los puntos fuertes de este álbum. Frente a un narrador omnisciente y objetivo, las dos voces narradoras son las de los preocupadísimos padres. Nos cuentan, desde su punto de vista, lo duro que ha sido afrontar la desgracia de Bolobo. Para ellos, durante casi toda la obra, el problema de la discapacidad de Bolobo es tan grande, tan abrumador (para ellos, no para Bolobo, no para el lector), que ni siquiera se atreven a nombrarlo: «Estas cosas ocurren, a veces…».

La lógica preocupación de los padres no es tan lógica (sino cómica) cuando se investigan las causas profundas: Bolobo, sin brazos, no podrá ser un virtuoso del piano, ni levantar la mano en clase, ni parar un gol… ¿Y si todo esa bola de angustia no fuera sino una ridícula proyección, un injustificado «debería ser»? Podría ser, pero ¿cómo se relacionará sin brazos con los demás? «Los demás» son otra fuente de intranquilidad y ansiedad paternal. ¿Qué pensarán los demás? ¡Ay, la famosa integración social! Mientras los padres nos cuentan a dos voces (a veces algo discordantes) todo este planteamiento del problema, lo cierto es que a Bolobo no lo vemos muy alicaído, sino con ganas de jugar. Que es de lo que se trata.

Hete aquí que los proteccionistas papás de Bolobo se ponen manos a la obra (¡brazos a la obra!) para paliar como sea el defecto físico de su cría. Y ahí sí que empiezan de verdad las frustraciones: ¡ninguno de los disparatados remedios parece funcionar! ¿Y de quién parece ser la culpa? ¡Del pobre Bolobo! Ah, pero el lector —a estas alturas ya identificado con el monillo y bastante crítico con el catastrófico resultado del proteccionismo paternal y sus inútiles ortopedias y tratamientos— confía en que todo saldrá bien. Y justo entonces sucede la verdadera desgracia, el nudo inesperado de la trama: la intervención de los malvados cazadores furtivos. Tan malvados son que, a fuerza de ser infames, ¡hasta resultan divertidos!

Si la mezcla de humor y drama nos ha conducido hasta este punto con su cal y su arena, su sal y su pimienta, su cosa agria y su cosa dulce, en el desenlace del nudo el desdoblamiento narrativo es total. Mientras los padres nos describen su imaginario angustiados por la fragilidad y el desvalimiento de su pobre Bolobo apresado junto con otros compañeros, lo que vemos en las viñetas nocturnas es justamente lo contrario: la pericia, la inteligencia, la valentía, la fuerza y el compañerismo de Bolobo… ¡Ese sí que es nuestro héroe!: el que sospechábamos que estaba ahí desde el comienzo, sepultado bajo las varias visiones deformadoras que los demás le habían impuesto. La recompensa final no puede ser más gratificante: jugar a saltar entre las ramas con los demás compañeros, aunque uno no tenga brazos. ¿Arriesgado? Puede ser, ¡pero muy divertido! Y reciclar las viejas e inútiles ortopedias para divertirse, como en la última imagen, es sin duda el broche de oro de un aprendizaje valioso sobre el arte de afrontar problemas y apostar decididamente por el disfrute y la alegría.

Ya aludimos en el comienzo a la belleza de las imágenes de este álbum creadas por Nono Granero. La ilustración aquí no es un mero acompañamiento que adorne la narración, sino parte integrante e imprescindible de ella. Si se suprimieran las ilustraciones, otra sería la historia. Las voces (verbales) de los padres representan un punto de vista, pero solo uno, y cuestionable: las ilustraciones desmienten sus proyecciones, desbaratan sus equivocadas ilusiones sobre los aparatosos remedios, matizan los peligros y subrayan un humor blanco donde lo ridículo se hermana con lo tierno y lo hiperbólico con lo cotidiano. Si las palabras nos permiten acceder al confuso mundo interior de algunos personajes, las ilustraciones proyectan claridad sobre lo no dicho, sobre los tabús y las elipsis. Por ello, las imágenes resultan decididamente luminosas, las fieles aliadas del lector, al que guían en la selva de los sentidos (físicos y figurados) y de las suposiciones. Un optimismo despreocupado recorre abiertamente esas impactantes imágenes en color de monos saltarines, más interesados en divertirse y zafarse de lo molesto que en meditar cómo y qué deberían ser o hacer antes de que lleguen los problemas. «Mi vida ha estado llena de grandes tragedias que nunca han tenido lugar», decía Montaigne con gran ironía. Y cuando llegue la tragedia, Bolobo sí sabrá qué hacer.

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Toda esta larga introducción deja en el aire, colgada también entre las lianas, una pregunta fundamental: ¿sabrá un lector muy joven, de unos ocho años en adelante, descifrar todo el juego de sobrentendidos y de alusiones? Sí, como Bolobo, también sabrá resolver el reto… y disfrutará a fondo con la lectura. En primer lugar, hay una compresión intuitiva, visual, de los contenidos, asegurada, por ejemplo, por el tratamiento del color o la cuidada expresividad facial; así se establecen claves interpretativas para facilitar la lectura con el humor por bandera. Pero sucede, además, que la rápida identificación del lector con el protagonista está propiciada, en el caso de los niños, por una circunstancia que a un adulto se le puede pasar por alto: los niños viven inmersos en las proyecciones de los adultos, para las que tienen antenas especiales. El imaginario de los adultos, con sus «deberías ser», es el caldo educativo en el ámbito familiar, y también el de una sociedad extraordinariamente competitiva como la nuestra. Frente a la presión por la integración y a la angustia ambiental por las dificultades, Bolobo ofrece una lectura risueña y confiada que apuesta por el juego y la valía de cada cual sin obsesionarnos por las limitaciones que todos tenemos.

En vez del simple y consabido cuento lineal, plano, sin recovecos, esta fábula selvática se decanta por un formato complejo (narrador coral, ironía, estratos narrativos…) donde la literalidad ha de ser reinterpretada y acompañada con una reflexión crítica que está al alcance del lector niño puesto que se le dan pistas y claves para ello; por ejemplo, el humor. Es esta, además, una narración alejada del sentimentalismo y la moraleja. A los adultos preocupados por la inteligibilidad del álbum y por las capacidades del lector infantil, les recordamos la conclusión de los padres de nuestro protagonista: «En fin: visto lo visto, hemos decidido… que sería bueno dejar de preocuparnos tanto por él…». ¡Y que no se olviden de que, seamos como seamos, en vez de tantos «deberíamos ser», aquí, entre libros o entre los árboles, lo importante es jugar!


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