Un calendario republicano para nuestro tiempo

Post del 14/11/2015 por Carmen Palomo
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Que la anécdota, muy conocida, surgiera de un malentendido no le quita su atinada perspicacia. En 1972, Richard Nixon visitó Pekín y mantuvo una charla con el primer ministro chino, Zhou Enlai. El presidente norteamericano le preguntó al dirigente chino qué opinaba de la Revolución francesa y, tras meditar durante unos segundos su respuesta, este contestó: «Aún es demasiado pronto para valorarla». (En realidad, Zhou Enlai creyó que le preguntaban por la revolución de mayo del 68 e improvisó una salida poco comprometida).

Lo cierto es que, más allá de los malentendidos, quien se acerca a la historia de la Revolución francesa sí que obtiene la impresión de hallarse ante un acontecimiento de una aplastante actualidad. No en vano con este hito histórico se inaugura la Edad Contemporánea, la nuestra, con su nuevo orden social y económico, su racionalismo y su tecnología, sus ideologías y sus sistemas políticos, representativos o totalitarios.

El Siglo de las Luces, el XVIII, es también, en Occidente, el padre de muchas de nuestras sombras. A ese claroscuro no escapa la Revolución francesa, capaz, simultáneamente, de defender una Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano e incompetente para resolver las disensiones políticas sin recurrir al terror de la guillotina. Encarar la Revolución francesa es, en cierta medida, mirarnos en un espejo que refleja nuestras mejores utopías y nuestras peores contradicciones, un paisaje extraordinariamente fecundo para los historiadores que asumen el reto de saber qué y por qué somos lo que somos, cómo hemos llegado hasta aquí. Tampoco puede extrañarnos, entonces, el volumen de páginas destinado a evaluar y cuestionar los múltiples enfoques (romántico, marxista, positivista…) sobre la propia Revolución francesa, lo que habla de su vigencia y de la consecuente complejidad.

 

Calendario revolucionario laico y universal

Cubierta del libro

El calendario republicano francés es un producto, en buena medida publicitario, de algunos ideales revolucionarios. El objetivo de su creación e implantación fue la instauración de un método simple y racional para la medida cotidiana del tiempo en su cómputo anual, así como la abolición de la innecesaria presencia eclesiástica encarnada en el santoral del calendario gregoriano. En su concepción, el calendario republicano, frente al gregoriano, fue laico, como la deseada sociedad posrevolucionaria, y universal, es decir, aplicable a cualquier año. Tras varios ajustes y discusiones, fue aprobado el 25 octubre de 1793 (o el 4 de brumario del año II, puesto que tuvo efectos retroactivos).

La Convención Nacional de 1793 no se tomó la innovación del calendario como un capricho. Bajo la comisión de Charles-Gilbert Romme, trabajaron en él las mentes más preclaras de la Francia de la época. Entre los científicos que contribuyeron a su definición se encuentran matemáticos y astrónomos como Lalande, Lagrange, Monge y Pringué. Sus nombres prestigian una meditada propuesta que buscaba proyectar el avance científico (por ejemplo, un sistema métrico decimal aplicado a la semana de diez días) sobre la vida cotidiana.

Como hay vida más allá o más acá de la frialdad de los números y las medidas, recurrieron a un poeta, Fabre d'Églantine, y a un botánico, André Thouin, para dotar de alma al calendario. El poeta propuso dejar atrás los viejos nombres de los meses, relacionados con una mitología caduca, y reemplazarlos por denominaciones ligadas a fenómenos meteorológicos fácilmente comprensibles para todo el mundo: la nieve de nivoso, las brumas de brumario, la germinación de las plantas en germinal… Como poeta, Fabre d'Églantine no olvidó las rimas: los meses de cada estación riman en consonante, lo que sin duda favorecería su memorización. Cinco días finales (o seis, en años bisiestos), dedicados a diversas festividades laicas y coincidentes con las cosechas, completan el cómputo de días. Por su parte, André Thouin, botánico, jardinero y naturalista, dotó a cada día del calendario republicano del nombre de una planta, de un animal (los días cinco o quintidi de cada semana), de un apero (los días diez o decadi) o de un mineral (el mes de nivoso).

Desde nuestro siglo XXI, no podemos «leer», disfrutar y festejar el calendario revolucionario sin atender a las capas de referencias y guiños que la historia le ha ido imprimiendo. Por ejemplo, los nombres de pila (poco bautismal) del movimiento hippy («Lluvia», «Arcoiris», «Selva»…) nos recuerdan inevitablemente al naturalismo del calendario francés, que inauguró una especie de ecologismo libertario avant-la-lettre. También a finales del siglo XVIII el pueblo francés, por un breve espacio de tiempo, denominó a sus hijos «Naranja», «Cereza»… o «Alcachofa». Y no faltaron entonces las niñas llamadas «Libertad» o «Recompensa», nombres que figuran en el calendario como grandes festividades.

Durante catorce años, hasta 1806, este almanaque fue el oficial en Francia y sus colonias. Después, Napoleón, ya autoproclamado emperador, restableció las relaciones con la Iglesia, con el consecuente sacrificio del emblema del laicismo revolucionario. Otros factores, como el descuadre de los meses lunares o la necesidad de confluir con los países del entorno en la medición del tiempo, explican su rápido abandono. La Comuna de París, en 1871, recuperaría brevemente el calendario, símbolo de una insurrección inacabada que también es la nuestra, la de todos nosotros.

En esta reedición del calendario hemos querido resaltar tal actualidad mediante la participación de quince ilustradores, cada uno de los cuales ha glosado plástica y libremente los contenidos implícitos y explícitos para versionarlos desde la contemporaneidad. Sus interpretaciones abarcan lo lúdico, lo reivindicativo, lo íntimo, lo abstracto, lo festivo, el compromiso social… Tal variedad de enfoques, creemos, reafirma la fraternité dentro de la pluralidad de visiones. En ese mismo sentido, deseamos que el lector aprecie las múltiples dimensiones del calendario revolucionario. A todos nos gusta saber, por diversión, cuál es la planta o el animal de nuestro cumpleaños o el poético nombre de nuestro mes. No ha de olvidarse que en el juego de esas designaciones late, oculta, la trascendencia de una apuesta, hoy tan actual como a finales del siglo XVIII, contra las supersticiones y el acriticismo ante la tradición. Noam Chomsky nos anima a desconfiar de aquellos que intenten convencernos de que «"el proyecto de la Ilustración" está muerto, que debemos abandonar las "ilusiones" depositadas en la ciencia y en la racionalidad: mensaje que alegrará los corazones de los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso»[1].

La magia del calendario reside en la explosiva y seductora confluencia de lirismo, racionalismo, declaración de principios, ecologismo y utopía. Esa transversalidad nos recuerda, cotidianamente, que un pequeño detalle, como el de ver con ojos menos adormecidos el transcurso de los días, puede ser también un acto revolucionario.

 

Ilustradores: Nono Granero, Manuel Marsol, Harantula (Héctor San Andrés y Javier Sanz), Nanen García-Contreras, Ana Penyas, Ángela Ayensa, Ximo Abadía, Miguel Ángel Pérez Arteaga, Yolanda Puig, Joaquín Aragón, Julio Antonio Blasco, Laia Domènech, Rocío Araya y Mariana Rio.



[1] Noam Chomsky: Año 501: la conquista continúa, Madrid, Ediciones Libertarias-Prodhufi, 1993, p. 286.

 

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