'Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca', de Miguel Ángel Pérez Arteaga

Post del 15/11/2013 por Carmen Palomo
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Si hay un vislumbre inconcebible, intratable y desconsolador, ese es el de la muerte, nuestra propia muerte. A la caducidad de todo lo existente debe colocársele la guinda de la propia extinción: no solo nos toca asistir a un desfile ininterrumpido de despedidas a lo largo de los años, sino que también cada cual acabará por despedirse a la fuerza («Y se quedarán los pájaros cantando», ¿¡cómo es posible!?). Para bregar con esta condición, hacemos desde niños dos pactos gemelos con el mundo: uno de distraída aceptación y otro de silencio (un tabú). Es un acuerdo paradójico, borroso, teñido de escapismo y rara vez quebrado: no pensamos en cierto asunto y así vivimos como inmortales, aunque los signos que lo desmienten nos acosen cotidianamente. De ese tabú y sus muchas implicaciones vive buena parte de la literatura de cualquier época y género. 
 
Esta es la paradoja: lo único seguro es que no hay nada seguro: moriremos, pero no sabemos cómo ni cuándo ni por qué. Los dos primeros interrogantes serán resueltos por el tiempo; el tercero, el del porqué, no pertenece a la esfera de los hechos y constituye la piedra angular de la metafísica. «¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Yo también?» son preguntas que inauguran en la infancia —sí, en la infancia— la perplejidad que nos hace humanos, caminantes en busca de relatos que aplaquen el desasosiego de la conciencia de seres dados a la muerte, del Sein zum Tode.
Todas las mitologías —incluidas, claro está, las monoteístas— abordan la cuestión. El encanto de las leyendas africanas servidas en buenos recipientes, como este álbum de Pérez Arteaga, radica en buena medida en que nos permiten descabalgarnos del eurocentrismo, del etnografismo, del folclorismo y de otros –ismos, despojarnos de casi todo (el lector niño no necesita estos preparativos) y sentarnos a la hoguera de los bariba por enésima vez para escuchar con verdadero placer un relato tan hipnótico como el baile de las llamas. Al lector adulto le sonará de algo esta historia y no es extraño, pues llevamos escuchándola, en esta u otras versiones cercanas, miles de años, en innumerables bocas narrativas, esas que saben narrar lo conocido como recién estrenado. El relato ha superado la criba de ese fiero antologista que es el tiempo (tal criba certifica, en sí misma, su excelencia) y solo precisa la voz contemporánea que le sepa dar de nuevo cuerpo, como quien reaviva las llamas de la hoguera alrededor de la cual nos volvemos a sentar. 
 
 
 
A partir de una leyenda de Benín, Miguel Ángel Pérez Arteaga nos cuenta con palabras e imágenes por qué el hombre muere. Al parecer, el dios Gusuno, creador de todas las cosas y de sus nombres, se sintió satisfecho con la belleza de su obra, pero descubrió la tristeza al soñar la nada que sigue a la muerte y se dispuso a arreglar este «pequeño» detalle. Encargó al lagarto Bosu que le entregara al hombre la medicina de la inmortalidad; este se distrajo, de camino gastó el elixir con las plantas (que desde entonces resucitan reverdeciendo cada primavera)… y nosotros morimos. No es culpa nuestra ni de los dioses (benévolos), sino de un lagarto despistado y poco previsor. Maldito lagarto… y pobre lagarto, tan inocente al fin como nosotros: «Dicen que, cuando Gusuno se enteró de lo que había sucedido, trató de enfadarse con Bosu. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo y lo perdonó». Y así queda incólume la belleza del mundo, a pesar de nuestra finitud, sin maliciosa premeditación ni delito ni culpa ni castigo: simplemente, «el hombre muere». (Obsérvese la sutileza: en el relato, solo el hombre muere, porque ser mortal equivale a la conciencia de ser mortal). Ya tenemos una respuesta, agridulce, al porqué: una respuesta no verificable, no falsable, incluso un poco irónica (el niño de la última ilustración sonríe), pero capaz de liberar la angustia y aplacar la inconfesable frustración de la pérdida, de la privación. 
 
Pérez Arteaga articula este esquema argumental con dos materiales, la ilustración y la palabra, con los que dota de sustancia y profundidad a la breve historia. Ambos materiales comparten varios registros: a la brevedad verbal le corresponde la rotundidad de las imágenes; el tono narrativo combina lo poético con un expresionismo de colores ácidos, amplias figuras, manchas de color espontáneas, fuera de contornos, y una abstracción que no pierde de vista sus contenidos simbólicos. Tómese como ejemplo el extraordinario pasaje en el que el dios Gusuno (una gran cabeza que nos recuerda a un moái de la Isla de Pascua) descubre la muerte: ve, maravillado, cómo se desprende una hoja de un árbol, y esa misma hoja (lo ve el lector también maravillado) se transforma, es, en un brillante salto metafórico, una lágrima que deja paso al hecho de nombrar: 
 
A esto Gusuno lo llamó muerte,
pero podría haberlo llamado poesía…
o invierno.
 
Queda así inaugurado el sentimiento de pérdida: «Soñó con la nada y eso le puso triste». Comprendemos intuitivamente que Gusuno, la conciencia de Gusuno (su admiración y su tristeza) es también un mero trasunto de nuestra conciencia, y por eso dioses y hombres tienen en el álbum la misma figura, solo que en tamaños diferentes. Y es que los tamaños no son algo irrelevante en el álbum: el dios y las hermosas plantas inmortales y hasta el despistado (y a la vez terrible) lagarto Bosu campean a sus anchas, en grandes formatos y con unas insistentes presencias frente al diminuto y frágil hombre que solo al final, en las dos últimas páginas, recobra su verdadero estatus: una gran cabeza sonriente y casi divina (ante un pobre lagarto cogido por el rabo). 
 
 
 
 
Más allá de las disquisiciones metafísicas y teológicas, Lagarto Bosu y las plantas que no mueren nunca es una apuesta conciliadora, un canto a la belleza imperfecta del mundo que Pérez Arteaga ha sabido recoger en sus ilustraciones mediante formas y colores impactantes que hablan de emociones fuertes y, simultáneamente, de un lirismo casi abstracto, delicado y conciso. Un álbum ilustrado para educar la sensibilidad artística del lector sin sacrificar la apetencia de una buena historia. 
 
 
 
 
 
 
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