Un bombín dentro de un tractatus ironicus

Post del 03/04/2013 por Carmen Palomo
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Es probable, y más que probable, que dentro de todos nosotros perviva una vieja herida a medio cicatrizar, situada allá en la lejana infancia. Nos referimos a algo sucedido poco después de adquirir la habilidad del lenguaje en su función más básica: la conativa o apelativa. Hubo un tiempo feliz en que descubrimos que decir “agua” equivalía a obtener agua o en el que decir “no” bastaba para imponer nuestras primeras negativas. Poco después, algún aciago día, llegó el desengaño y la rabia: por más que gritamos “mamá” en la guardería, mamá no apareció (al menos hasta cuatro horas después, una eternidad en la que nos dio tiempo incluso a distraernos y divertirnos un rato). El asunto es que mamá no apareció cuando queríamos, luego la palabra no es la cosa, ni siquiera la inmediatez de la cosa, sino una promesa ambigua teñida de esperanza y a menudo inoperante ante los tozudos hechos. Remedando a Wittgenstein, puede que los límites de mi lenguaje sean los límites de mi mundo, pero no los del mundo pensado a mi gusto, y en todo caso serán unos límites conflictivos porque el lenguaje de cada cual está minado por sueños y deseos íntimos ante los que el mundo suele mostrarse indiferente. De ahí la gran ira infantil. Principio de placer y principio de realidad, que diría el viejo Freud. De todo esto trata Este no es mi bombín, de Jon Klassen.

 
 
La obra de Klassen (véase también Yo quiero mi gorro, en editorial milrazones) gira alrededor de ese complejo eje central que es la mentira, la apariencia y los deseos más primarios (yo, mío, quiero…). En Este no es mi bombín, Klassen recurre de nuevo a microestructuras hiperrepetitivas, al minimalismo más acendrado y a la aventura concisa pero narrada con un buen puñado de detalles significativos, todo ello para abordar un tema enorme, justo a la altura o del tamaño (inmensos) de la inteligencia y el humor infantiles. Resumen argumental: un diminuto pez le roba un bombín a un gran pez y huye a esconderse a un bosque de algas, pero es delatado por un cangrejo en el que el pequeño pez confiaba. (Nos ahorramos aquí el spoiler).
 
Esto no es una fábula moral sobre ladrones y delatores. El lector conoce ya desde el título la impecable honestidad del pececito, ladrón confeso, que además es demasiado inofensivo como para ser malo, así que le deseamos que el bosque de algas le sirva de refugio y ahí acabe todo. Deseamos, con él, que el pez grande no despierte, no se dé cuenta del robo, no lo persiga; anhelamos (pero a esas alturas ya hemos empezado a comprender…) que las algas sean, de verdad, lo suficientemente grandes, altas y juntas para acogerlo. Y aquí entra en juego esa grieta del universo entre la realidad y el deseo, el gran intersticio entre el ojalá y el así fue por donde se despeñan nuestras expectativas por más valientes y hermosas que las hubiéramos diseñado. Página a página, cada una de las ilustraciones va desmintiendo el texto que la acompaña, rompiendo cachito a cachito el discurso verbal del protagonista y sus intereses (que son los nuestros). Dice el pez pequeño narrador que el pez grande no se despertará, pero vemos a continuación su ojo, antes dormido, ahora bien abierto; dice el narrador que no se dará cuenta de que le falta el bombín, y vemos cómo ese ojo detecta al momento la falta del bombín… Ahí salta la chispa, justamente en la contradicción entre texto e ilustración (entre palabra y hecho), una contradicción que el lector puede observar “desde fuera”, con la ventaja emocional que da la perspectiva irónica. 
 
Afirmábamos que Este no es mi bombín no es una fábula moral de buenos y malos, pero tampoco es una tragedia griega: este álbum ilustrado es un tratado de ironía cargado de un profundo y finísimo humor. Hagan la prueba: intenten reprimir una sonrisa al ver cómo el cangrejo, inexorablemente, levanta su pinza delatora para indicar el escondite del protagonista. Pero ¿por qué nos reímos si todo va de mal en peor? ¿Por qué nos reímos tanto cuando empezábamos esta reseña hablando de una vieja herida mal cicatrizada? Precisamente por eso, porque los mejores libros (infantiles o no, de humor o no) lo que consiguen es restañar esa herida, situándola en un lugar ajeno, fuera de nosotros, un espacio en el que, a pesar del fracaso y la frustración, todavía es posible la narración. Bien, el pez pequeño finalmente se quedó sin su bombín (ni siquiera era suyo, y puede incluso que perdiera algo más), pero, en vez de enrabietarnos, podemos disfrutar con su historia, ver todos los frentes, distanciarnos con la ironía e imponernos así a la mísera realidad y a su empecinado principio (de realidad). 
 
(Aquí el booktrailer del original inglés)
 
Está claro que Este no es mi bombín no funcionaría como un reloj atómico sin su perfecto engranaje entre texto e ilustración. La propuesta plástica es sutil, delicada y muy, muy efectiva; recurre a la sencillez de volúmenes y a una paleta reducida, donde impera el negro del fondo marino (¡oh, mundo cruel!) con colores grises y ocres. La repetición de imágenes y esa tonalidad apagada recrean magníficamente la atmósfera obsesiva y de tensión que contrasta, armónicamente, con los continuos guiños humorísticos del ya aludido juego entre texto e imagen. Como es bien sabido, nada mejor que una buena dosis de tensión para propiciar una buena carcajada. 
 
Klassen lo ha vuelto a conseguir: sin importarle nuestra edad, ha hecho malabarismos con nuestras emociones, nuestras empatías, nuestras heridas, nuestros deseos, nuestra ingenuidad y nuestra experiencia para ofrecernos, en bandeja irónica, un consuelo rebozado de humor y de sagacidad. Quizá hayamos perdido algún bombín (ni siquiera era nuestro, y puede que incluso hayamos perdido algo más), pero siempre nos quedarán ciertos álbumes ilustrados. 
 
 
Carmen Palomo  (León, 1966) es doctora en literatura, asesora literaria, correctora y redactora.
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