Colin Turnbull: compartir la selva con los pigmeos

Post del 27/07/2011 por Jesús Ortiz
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Un CD de Madonna de 1994, Bedtime Stories, reconoce la inspiración de la música pigmea en uno de sus cortes. Un antropólogo empieza a tirar del hilo y descubre toda una veta en la música contemporánea con el mismo origen: creadores como Herbie Hancock, Brian Eno, Leon Thomas, Coltrane… compartían este conocimiento, pero la primera grabación de música de los pigmeos, la única durante más de una década, fue la realizada por Colin Turnbull y por su primo Francis Chapman, que habían vuelto a Ituri en furgoneta en 1954 con equipo para grabar. Y no se trata solo de sonido, hay mucho material filmado por ambos incorporado en películas documentales sin citar sus nombres. 

      Dos cubiertas del disco y Colin grabando la voz de los pigmeos


Cuando los dos primos llegaron encontraron que Patrick Putnam, el hombre que había vivido 25 años entre los nativos del Congo, había enloquecido y muerto como el personaje de El corazón de las tinieblas. Fue un golpe demoledor para Colin, que lo adoraba y pensaba que sin él le sería mucho más difícil aprender de los pigmeos. Anne, su viuda, vuelve a acogerlo con gran afecto, pero Colin defrauda sus expectativas: no tiene intención de mantener el campamento de Putnam, ni de estudiar a los aldeanos negros, ya que está mucho más interesado en los pigmeos, casi los últimos cazadores-recolectores nómadas del mundo. Los pigmeos se nutren de la selva, su medio, y la adoran y respetan. Necesitan relacionarse también con los aldeanos, una relación especialmente complicada cuyo carácter es difícil de desentrañar: aparentemente, la tribu babira domina a los pigmeos, pero estos se creen superiores. El primer blanco que habló de los pigmeos compartiendo su vida, no la de los aldeanos, y por tanto pudo ofrecer otra visión sobre la naturaleza de la relación, fue Colin Turnbull.

Si Putnam fue quien  introdujo a Turnbull en el mundo de los pigmeos, es uno de ellos quien lo ayuda a profundizar en su conocimiento: Kenge, un muchacho que tenía 16 años en 1954 y que había trabajado para Putnam en su hotel. Hablaba suajili y podía vestir como un occidental, pero no había dejado de ser pigmeo, un habitante de la selva: en ella desaparecía y no había modo de establecer citas con él que se sintiera obligado a respetar. Si Colin se enfadaba porque no cumplía sus obligaciones y lo despedía, Kenge entendía que estaba de vacaciones y se marchaba el tiempo que le parecía adecuado. Pero siempre regresaba. Además de las recompensas materiales, Colin le dispensaba una admiración acorde con la alta opinión que Kenge tenía de sí mismo… y que sus compañeros pigmeos no compartían en el mismo grado.

 

    Kenge (foto de C. T. incluida en La gente de la selva)

 

 

 

 

 

 

 

 

En la tercera estancia de Colin entre los pigmeos, en 1957, también fue Kenge quien habitó con él en las chozas de la selva. Dormían juntos, con los miembros entrelazados para defenderse del frío, como el resto de los pigmeos. En palabras de Grinker, su biógrafo: «Es imposible saber si Colin y Kenge compartían sexo. Si lo hacían y hubieran sido descubiertos, a Kenge le podrían haber echado del campamento, golpeado o quemado, como había pasado con hombres bambuti que habían cometido el crimen de tener relaciones sexuales con hombres, niños o cabras. No hay establecido ningún estigma contra el afecto físico entre hombres, pero el coito entre ellos es harina de otro costal. Pero hay pocas dudas de que Colin quería a Kenge…».

A Turnbull los pigmeos le llamaban «Ebamunyama», que significa, literalmente, «su padre mató un animal». Les había contado la historia de su apellido, la de un escocés que salvó al rey del ataque de un toro saltando sobre su lomo y torciéndole el cuello, lo que le valió el título de «Turner of the Bull».  Está claro que los pigmeos lo consideraban alguien especial, hasta el punto de que, para asegurarse de que cumpliera su promesa de volver con ellos, lo sometieron a una iniciación exclusivamente pigmea: «La noche antes de marcharme, antes de que empezaran las canciones, tres de los grandes cazadores me llevaron a la selva. Dijeron que querían asegurarse de que volvería y que por ese motivo habían decidido hacerme 'de la selva'. Me acompañó Njobo, el cazador de elefantes; Kolongo, su amigo íntimo y pariente lejano, y Moke, un pigmeo anciano que nunca alzaba la voz y a quien todos escuchaban con respeto. Kolongo me sujetó la cabeza y Njobo, con aire despreocupado, sacó una punta de flecha oxidada y me hizo varios cortes verticales minúsculos aunque profundos en medio de la frente y encima de cada ojo. Entonces extrajo un poco de carne de cada uno de los cortes y pidió a Kolongo que le pasara el medicamento para llenarlos. […] Kolongo frotó las heridas con una pasta de ceniza negra hasta llenarlas, coagulando así la sangre que aún salía de ellas. Aún sigue allí la ceniza hecha de las plantas, una parte de la selva que forma parte de la carne, igual que en todos los varones pigmeos que se precien. Y mientras la lleve conmigo siempre me incitará a regresar». [La gente de la selva, traducción de Bianca Southwood].

 

 

Una versión del tema de los pigmeos luchando contra las grullas, en Fuente Álamo (Córdoba) como aparece en La Iliada (tomado de López Palomo).
 

Nota: este post sigue al primero de una serie que presenta a Colin Turnbull, cuyo libro La gente de la selva publicará en setiembre la editorial milrazones. La mayor parte de la información sobre su vida procede de In the arms of Africa, una extraordinaria biografía escrita por otro antropólogo, Roy Richard Grinker.  
 
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